Las motos

Mi primer recuerdo, del que tengo memoria, es ver mis propios brazos, mis manos, agarrando el manillar de la moto de mi padre. Él era un verdadero loco de las motocicletas, con deciros que teniendo un buen coche, liaba a mi madre, y ahi se iban los dos con sus monos de cueros ¡hasta Paris!, en un tiempo en que las carreteras en España eran como una loteria, llenas de baches y peligros.
En aquel momento, hablo de mis tres años, tenía una Royal Enfield, máquina bicilíndrica inglesa, que aún se sigue fabricando en la India. Para mí fue como si ahora me hubiera llevado la NASA a un viaje orbital. No era que mi padre me llevara sentado encima del depósito de combustible, era que "yo pilotaba la moto", creánlo, el aire azotando mi cara, la vibración que me sacudía el cuerpo, me dejó una gran impresión, que aún me dura.

He tenido, en mi juventud, varias motos, todas con sus virtudes y defectos, pero todas sin excepción me han dado satisfacciones y vivencias muy entrañables, por lo que les tengo un cariño muy especial. De verdad, aún hoy, a mis 57 años, veo una moto aparcada en la calle, y me quedo mirando para ella, embelesado, ensoñando experiencias.

Mariposas de Fellini

Soy un enamorado del cine y, dentro de él, hay una película de la que guardo un cariño especial. Se trata de "Anmarcord" de Fellini.
En ella, el maestro evoca los recuerdos de su infancia y juventud, con escenas llenas de sensibilidad. Siempre que la veo, me digo: "ayyy, si yo tuviera el arte de este hombre, yo podría hacer una película asi...".

A mis diez años, tenía una pandilla de amigos sensacional. Entre ellos, brillaba con luz propia uno, con una imaginación deslumbrante.
Una tarde desapacible, en que lo único que te apetece es estar en casa, o como mucho, ir al cine. Mi amigo, me llama y me dice: "vamos a cazar mariposas"; y yo , refunfuñando, tomo en casa "prestado" el bote de cristal mas grande que encuentro, y me reúno con él en una cantera próxima a nuestra calle. Estuvimos cazando mariposas unas dos horas.

Pero ahora viene lo bueno, lo que hacía a mi amigo un ser especial, imaginativo, un artista. En vez de clavar a las pobrecitas mariposas con un alfiler de señorita Rottenmeyer en una triste colección de cadáveres, mi amigo me lleva al cine. Y alli, en la oscuridad de la sala, cuando se empieza a proyectar la película, los dos, con el corazón a mil por minuto, abrimos los tarros de cristal dejando en libertad a las mariposas.
Y se produjo el milagro en nuestras mentes infantiles.
Las mariposas volaban atraidas por la luz, y la pantalla se llenaba de sus sombras, causando el estupor de la gente que llenaba la sala. Quedamos silenciosos en nuestras butacas, con la sonrisa de oreja a oreja, mientras los acomodadores iban de aqui para allá, intentando arreglar el desaguisado. Habíamos logrado, por un momento, ser artistas...

El monte

Los abuelos vascos tenían hermanos y parientes en el campo, al oeste de la provincia de Buenos Aires. Para mí era glorioso viajar de tanto en tanto a ese campo. Era otro mundo, un país de gentes nuevas, raras, que hablaban fuerte y daban abrazos de tenaza. A ese campo dejé de ir rondando ya los 8 años. Problemas de familia. Pero tengo tantas historias en ese campo, tantas piezas de felicidad sencilla que se encastraban unas a otras, que las iré contando en partes. Ahora me centraré en el monte de eucaliptos. En la llanura de pampa, yendo por la carretera, el monte de lejos se veía como una mancha negra y alargada, como una pequeña montaña solitaria en el tapete verde. Cuando iba llegando al campo, lo comenzaba a divisar desde la ventanilla del coche del abuelo. Y no veía otra cosa más que el monte. Me ensoñaba entre sus árboles, pisando los "sombreritos" de las semillas, respirando el aroma del eucalipto, mirando hacia arriba entre las altísimas ramas los pedacitos de cielo azul. Era la absoluta ausencia de dolor, de angustia y de preocupación. Hoy, cada vez que añoro la paz, y necesito tenerla, y la pido, la memoria de esa paz huele a ese monte. Y tiene ese verde, y ese silencio.

El chocolatin Jack

Era un cuadradito de chocolate, en forma de "camita" en cuyo hueco siempre traía un muñequito de sorpresa.A nadie le importaba mucho el microscópico chocolate, sino ver que traía dentro. Mi época con el chocolatín fue aquella en que los juguetitos en miniatura de sorpresa eran los personajes del dibujante García Ferré. El más difícil de conseguir era Larguirucho, y el más fácil y repetido era Calculín. Eran los 70, yo no tenía más de tres o cuatro. Con la manipulación, se le quebraban las patitas, las narices, sus accesorios. Por ejemplo, tuve una Bruja Cachavacha con la escoba rota, un Gold Silver sin nariz, y muchos Oakis sin la punta del pañal. Eran un tesoro.
Cuando mi tía llegaba del trabajo, por las noches, me dejaba un Jack en la mesita al lado de la cama, y el gesto de amor de madre yo lo concebía de esa manera tan particular.

Larguirucho

Jamás le hubiera llamado "objeto transicional" a un muñeco de ternura semejante. Me enamoré de Larguirucho cuando yo era muy niña y él ya era un señor mayor. Quizás no me conocío nunca, pero yo lo amaba en silencio. Lo veía en las vidrieras de los comercios, en las revistas, en la TV, bordado en la ropa. ..
El creador de Larguirucho fue García Ferré un dibujante nacido en Almería, España, que llegó a Argentina en 1947. La voz de Larguirucgho era muy especial, que acompañaba a su carácter ingénuo y bondadoso. En su época más antigua, hablaba en verso, y la frase más famosa de Larguirucho fue "Blá má' fuéte que no te escucho".
Tuve un Larguirucho de madera, un larguirucho de plástico que contenía caramelos, un Larguirucho alcancía, un Larguirucho de paño que me acompañaba a dormir. Y cientos de camisetas con Larguiruchos alegrándome el corazón.

Aromas de escuela

¿No os há pasado, cuando oléis un olor para vosotros conocido, que el recuerdo os retrotrae a vuestra niñez?.
A mi me pasa con el olor de la goma de borrar. La huelo, y automáticamente me veo a mi mismo, con cuatro-cinco años, de mandilón, sentadito en un enorme pupitre de madera, sufriendo estoicamente las lecciones que impartía el inefable Padre Víctor, fraile dominico, en mi colegio de La Coruña.
Veo nítidamente los detalles de la clase, y veo a mis compañeros, vestiditos igual que yo, aguantando a duras penas la somnolencia...
¡Qué tiempos !!

Comienzos

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