Los abuelos vascos tenían hermanos y parientes en el campo, al oeste de la provincia de Buenos Aires. Para mí era glorioso viajar de tanto en tanto a ese campo. Era otro mundo, un país de gentes nuevas, raras, que hablaban fuerte y daban abrazos de tenaza. A ese campo dejé de ir rondando ya los 8 años. Problemas de familia. Pero tengo tantas historias en ese campo, tantas piezas de felicidad sencilla que se encastraban unas a otras, que las iré contando en partes. Ahora me centraré en el monte de eucaliptos. En la llanura de pampa, yendo por la carretera, el monte de lejos se veía como una mancha negra y alargada, como una pequeña montaña solitaria en el tapete verde. Cuando iba llegando al campo, lo comenzaba a divisar desde la ventanilla del coche del abuelo. Y no veía otra cosa más que el monte. Me ensoñaba entre sus árboles, pisando los "sombreritos" de las semillas, respirando el aroma del eucalipto, mirando hacia arriba entre las altísimas ramas los pedacitos de cielo azul. Era la absoluta ausencia de dolor, de angustia y de preocupación. Hoy, cada vez que añoro la paz, y necesito tenerla, y la pido, la memoria de esa paz huele a ese monte. Y tiene ese verde, y ese silencio.
El monte
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1 Memoriosos:
Todo depende del mundo pasado o presente en que uno se vea viviendo, ya que los seres humanos somos inigualables. El pasado vive en la memoria del hombre; y en la del universo, como lo demuestra la psicometría. Las cuestiones más profundas sobre quiénes somos y porqué hemos vividos esos episodios están envueltas en la naturaleza de la existencia.
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