Hemos sido víctimas alegres de Aaron Spelling, que nos asestó con toda la batería de series de tv de los años 70 y 80. Todos los lunes a las 20, una hora antes del temido noticiero de la década (que interrumpía la transmisión de la programación normal con la imagen del escudo de la patria mía) esperaba ansiosa -y molesta porque generalmente me dormía sobre la mesa, arriba del plato de la cena, o en el brazo de un sillón- la llegada de Jaimie Summers, una maestra de escuela común y corriente, protagoniada por Lindsay Wagner, a la que llamaban "La Mujer Biónica", porque la fantasía megalómana del yankee le había injertado un oído ultrasensible, unas piernas velocísimas, y un brazo destructor.
Ahí no terminaba el interés de mis seis años, había algo más, pues la Mujer Biónica estaba enamorada de Steve Austin, -El Hombre Nuclear"- rearmado luego de un accidente de avión militar(¿o astronauta?, eran los años setenta en plena propaganda espacial...) protagonizado por Lee Majors. Solamente en verano alcanzaba a completar la hora frente a la Tv, porque aquí las noches veraniegas parecen una larguísima tarde y nadie piensa en dormir.
Fue una época rarísima, de inconsciencias felices y de ausencias de dolores perfectamente discernidos.
La maestra poderosa
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Manuel
Dicen que los niños viven, hasta que cobran conciencia, eso que llamamos falsamente "sentido común", en un mundo mágico, en un universo paralelo.
Yo recuerdo que tenía un amigo, que se llamaba Manuel. Mi amigo siempre estaba a mi disposición, y jugábamos a cientos de cosas en las tardes perdidas, solitarias, del hijo único que fui.
Manuel era cariñoso, siempre con la sonrisa presta, me hacía feliz. No se reía de mis defectos, de que si era gordito, o lento a veces en entender las cosas. Tuvimos una relación muy estrecha.
A veces los mayores, entraban en mi habitación, nos veían jugar, se intercambiaban miradas de complicidad, seguidas de sonrisas, y nos dejaban.
Manuel fue un complemento importantísimo de mi niñez solitaria, que luego se fue llenando con libros y mas libros.
Un buen día, Manuel, desapareció, recuerdo que me preguntaron por él, y yo les dije simplemente eso, se fue.
Ahhh, se me olvidaba decirles que Manuel era invisible.
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Los Tres Chiflados
Contábamos con un Tv blanco y negro (que se veia en tonos grises y azules) y mi hermano mayor y yo teníamos ya muchas citas con ese aparato. En la mitad de los años 70, mirábamos una serie que en inglés se llamó "The Three Stogges" y aquí la habían traducido como "Los Tres Chiflados". Se trataba de tres clown sin vestido de payaso. Aunque cada uno tenía toque distintivo de algo "anormal". Sus gags tenían el estilo del grotesco, que en los años que se comenzó a filmar esa serie era el tipo de humor más exitoso. Hoy serían vistos como tontos, a menos que se los viese con la perspectiva de la nostalgia. The Three Stooges duró desde 1922 a 1971. Sus personajes eran Larry (El calvo con pelitos a los costados) , Curly (el rollizo de voz finita) y Moe (el del flequillo). Fueron cambiando un personaje a traves del tiempo, pero Larry y Moe se mantuvieron siempre Hay algunos que todavían silban su música.
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El Italpark
A veces no me doy cuenta de que las personas tienen un diferente manejo de sus caudales emotivos, y me asombro si alguien no se acuerda del Italpark. Para los argentinos mayores de 30 años, olvidarse del Italpark es como olvidarse también de que existió el Capitán Pi
luso. Ambos recuerdos, se pueden unir por la tragedia, pero ese es otro tema. Fui una sola vez al italpark, cuando tenía 12 años. Los juegos eran muy violentos, pero a uno no le importaba. Con salud e inconsciencia uno compraba los tickets, los cospeles y los vales para darse un chapuzón de adrenalina. Todavía conservo un relámpago de sensaci
ones subida al plato del Samba, los gritos multitudinarios del oscurísimo "Tren Fantasma", y las terribles colisiones frontales de los Autitos Chocadores.
Fue cerrado a causa de una desgracia y por la dejadez de la empresa que debía aportar el mantenimiento. Pero aquel Buenos Aires de los años 70 y 80, no habría sido Buenos Aires si faltaba el Italpark.

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Pelopincho y Cachirula
En la revista Anteojito aparecía una tirita al costado de las recetas de Blanca Cotta, que se llamaba "Pelopincho y Cachirula". El autor era Fola (Geoffrey Foladori), un dibujante anglo-uruguayo que me apasionaba. Recuerdo las siestas de verano, con absoluto silencio y el sol achicharrante, hurgar trastos en un garage del abuelo, buscando revistas de todas las épocas, y leerme con placer los episodios de esta pareja de niños-adultos que casi siempre terminaban completamente enyesados o con la casa incendiada. No se sabe si eran novios o primos, o amigos. Ni tampoco se les puede calcular la edad, ya que tenían juguetes infantiles, pero también se ocupaban de administrar el hogar. A Cachirula se la veía con la plancha en ristre o cocinando enormes tortas de cumpleaños, y a Pelopincho se lo podía ver tanto jugando en columpios como conduciendo largos coches. Ambos vestían ropa de adultos por la mitad, por ejemplo corbata de moño pero pantalones cortos, o sombreros con plumas de dama antigua, pero vestidito de niña... Una particularidad curiosa: Yo les contaba las veces que aparecían en cada cuadro con una sonrisita, ya que se les resaltaba un sólo pómulo y les daba un aspecto muy simpático. En un total de doce cuadritos por tira, he llegado a contar hasta doce sonrisitas en un solo episodio...
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