Y la abuela italiana, en vez de decirme que no tenía televisor, me decía:
Y el abuelo me hacia versos en con mi nombre, que a veces pronunciaba Grabiel-la, imitaba con exageración a los cantantes de ópera y me hacía gorros de papel mientras cantaba.
Escribiendo Caricias | La Coruña, España | Buenos Aires, Argentina
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En el Altillo Abuelos italianos, Aromas, Casas, Comidas, Italia
Muchas otras habitaciones tuve hasta el día en que me fui de la casa de la abuela.Cada vez que llegaban familiares desde otro pueblo, o huéspedes desconocidos relacionados con los ancestros fallecidos, a la primera que cambiaban de cuarto era a mí. Porque desde que nací fui una persona destinada a ocupar mucho lugar. Esto es milimétricamente cierto. Muchos libros, mucha música, mucha ropa, pinturas, papeles, cajas, todo en perfecto desorden.
—Dónde la ponemos—se consultaban mis familiares, y entraban en larguísimos debates.
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En el Altillo Cama, Casa de la infancia, Las Habitaciones
Desde que me empiezo a acordar, tenía una cuna amarilla, con dibujos pintados en la cabecera.
Primero dormía con mi tía, en su habitación, en la casa de la abuela.
Aparentemente me frecuentaban las pesadillas muy cinematográficas, y me levantaba dormida. Para evitar que diera la frente contra el suelo, con una tira trenzada de paño me hicieron un lacito para atarme de la cintura a la baranda de la cuna.
Recordaba el pánico de las pesadillas, y se las contaba al abuelo.
Que a veces veía fuego en el techo y esos pedazos de fuego se convertían en personas que me ataban con sogas y me llevaban más alto que las nubes y no podía regresar.
Y el abuelo, muy circunspecto y con mucho ánimo, me explicaba de mil maneras que los sueños no son la realidad. Ni ésos ni ninguno. Me citaba escritores que habían hablado sobre las diferentes clases de vigilias, sobre Morfeo, sobre los magos. Intercalaba e ilustraba la severa disertación con experiencias personales, del campo y de la ciudad, de sus antepasados, y de sus amigos, y por último me cambiaba de tema llevándome a las fantasías digeribles de Julio Verne, Salgari y Mark Twain.
Yo me quedaba fascinada con las historias del abuelo, y me dormía en sus rodillas alcanzando una paz indescriptible.
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En el Altillo Cama, Casa de la infancia, El Abuelo, Pesadillas
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En el Altillo Cama, Casa de la infancia, Mamá, Siestas
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