Desde que me empiezo a acordar, tenía una cuna amarilla, con dibujos pintados en la cabecera.
Primero dormía con mi tía, en su habitación, en la casa de la abuela.
Aparentemente me frecuentaban las pesadillas muy cinematográficas, y me levantaba dormida. Para evitar que diera la frente contra el suelo, con una tira trenzada de paño me hicieron un lacito para atarme de la cintura a la baranda de la cuna.
Recordaba el pánico de las pesadillas, y se las contaba al abuelo.
Que a veces veía fuego en el techo y esos pedazos de fuego se convertían en personas que me ataban con sogas y me llevaban más alto que las nubes y no podía regresar.
Y el abuelo, muy circunspecto y con mucho ánimo, me explicaba de mil maneras que los sueños no son la realidad. Ni ésos ni ninguno. Me citaba escritores que habían hablado sobre las diferentes clases de vigilias, sobre Morfeo, sobre los magos. Intercalaba e ilustraba la severa disertación con experiencias personales, del campo y de la ciudad, de sus antepasados, y de sus amigos, y por último me cambiaba de tema llevándome a las fantasías digeribles de Julio Verne, Salgari y Mark Twain.
Yo me quedaba fascinada con las historias del abuelo, y me dormía en sus rodillas alcanzando una paz indescriptible.
Las pesadillas con fuego
En el Altillo Cama, Casa de la infancia, El Abuelo, Pesadillas
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