La otra abuela, la madre de mi mamá, era una mujer de muy buen humor, nada culta, pero bondadosa de la forma más lineal. era tan inculta que no conocía la palabra ni la noción de límite para aplicársela a su bondad. La vi menos veces que a mi madre. O sea, muy pocas veces. Casi nada.
La abuela italiana tenía un jardín con las mismas plantas y flores que hay entre las tumbas. Eran una especie de jazmines o gardenias pequeñitas que crecían como enredaderas y que al menor descuido convertían la casa en una selva.
Cuando uno cruzaba esa galería de la entrada, quedaba con la ropa y el pelo oliendo a cementerio. La abuela decía que esas flores eran medicinales, y por eso, de vez en cuando, iba a buscar unos ramilletes para hacer un té y planchar la ropa mojándola con ese jarabe.
Para mi amorfa melancolía de los cuatro o cinco años, esas flores y su olor eran como fantasmas del mal gusto que atormentaban mi nariz en aquellas visitas. Hoy tengo esas flores como un tesoro invalorable, y busco su aroma para regresar con el pensamiento a la casa de la abuela italiana.
Los gorriones habían centrado su imperio en los recovecos de ventilación que antes se dejaban entre algunas filas de ladrillos, y velaban el silencio con sus enloquecidas conversaciones. A mi esos pajaritos al atardecer me rompian el corazón.
Yo entraba en la casa portando aire siniestro, pero nunca lo daba a conocer. Siempre disimulaba todo encuentro con la metafísica y lo reservaba como algo muy íntimo. Prefería que algún elemento cotidiano me uniera a la realidad prosaica y alegre.
Yo le decía: -Abuela prendeme la tele.
Y la abuela italiana, en vez de decirme que no tenía televisor, me decía:
Y la abuela italiana, en vez de decirme que no tenía televisor, me decía:
-Jajaja, ¡la tele! ¡La tele!
Entonces me ponia a mirar como cortaba los tallarines spaghetti con velocidad asombrosa y me quedaba hipnotizada con el movimiento del cuchillo en el rollito de la masa. Y se me pasaba la tarde, hasta la noche mirando las cosas que hacían los abuelos italianos, cosas que los abuelos vascos no hacían.
Y el abuelo me hacia versos en con mi nombre, que a veces pronunciaba Grabiel-la, imitaba con exageración a los cantantes de ópera y me hacía gorros de papel mientras cantaba.
Ellos hablaban un poco en italiano y otro poco en español, y mezclaban las palabras de ambos idiomas en una sola frase. Les resultaba una "música" verbal que me hacían reir, aunque no les entendía. Solamente con la sonoridad graciosa de las palabras yo participaba de sus ruidosas bromas. inmensa lástima me da no recordar esos versos y esas canciones, pero recuerdo que algunas rimaban con Gaby. Para ellos yo no era Gaby sino Lagaby.
El abuelo italiano murió cuando yo tenía diecisiete años y hacía cinco años que no lo veía, pese a que vivíamos sólo a unas veinte cuadras de distancia. La abuela italiana murió sola, en un geriátrico, a muchos kilómetros de aquí.
Recuuerdo ese permanente olor a jazmines trepadores, y en la cocina de manteles rojos, la atmósfera de salsa, el nápoli, el pesto, la pomarola...



2 Memoriosos:
Mi nonna, que usaba unos lentes de pasta grandes que me hacían verla como una abuela coneja de comiquitas, me paseaba por el parque de la gran ciudad donde solía vivir. Siempre en determinado punto del camino se paraba al lado de una cerca para arrancar una tímida flor (de muchas) que crecían entre el concreto de la acera y el asfalto de la calle. Eran azules y muy pequeñas, y siempre me decía, recuérdalas para que nomeolvides. Nunca lo he hecho, basta cerrar los ojos para que aparezcan como una vieja diapositiva, y surjan con la imagen miles de aromas. A pesto, a manzanilla, a tomillo, mantequilla y pecorino. Si me concentro puedo escuchar al cucú que tenía en la sala.
En aquel entonces tenía cinco años, mi nonna sigue viva. Vive con nosotros desde que tenía 13 años (ahora tengo 25) y cada día la veo menos, pues ya no vivo en mi casa, gracias a la vida moderna que nos empuja a separarnos cada vez más de nosotros mismos.
Me ha encantado tu post, tu blog. Siempre reconforta cuando de alguna manera u otra volvemos a ser niños. Gracias por eso.
Un abrazo.
Gracias!
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