Sin saber la hora

Cuando era chica dormía sola en una habitación antigua, con pisos de dibujos de colores, de baldosones pintados a mano. La cama era con labrados y filetes en la madera. Para subir al colchón pisaba primero en una saliente de la mesa de luz, que me hacía de estribo y de trampolín. Y para bajar, me acostaba primero transversalmente, y se deslizaba lenta hacia el suelo buscando hacer pie.
Cuando dormía la siesta en verano, al depertarme nunca sabía si era la tarde o la mañana, y no quería preguntar a nadie. Salía a jugar a la vereda y miraba con qué ropa estaba la gente.
Un día le dije a la abuela, —¿Por qué no me enseñás la hora?
Y la abuela me dijo: —¡Ay, esta chica! ¡¡la hora, la hora! Es la hora de que te dejes de joder!
Y las señoras que estaban con ella se reían con risa de gallinas, me apretaban fuerte los cachetes y comentaban con aire de hallazgo que me parecía mucho a mi mamá.

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