El chillido de las golondrinas II

En aquel "infierno dantesco", donde todo el que entraba perdía la esperanza de que lo trataran como un ser humano, donde nos hacían firmar un documento que era como la negación de los derechos de la persona, donde ya no eras "pepito o fulanito" si nó un simple número, formabas parte de un rebaño de chavales, que en su inmensa mayoria habían cometido el delito de no ser buenos estudiantes, ó de ser hijos de emigrantes, cuyos padres habían recurrido al internado como mejor solución de alojamiento para su prole.

El internado, curiosamente, era carísimo para aquella época, un verdadero esfuerzo económico para la familia de uno. Como notas curiosas, contaré que nos dejaban u obligaban, ya no sé lo que es peor, a ducharnos una vez a la semana. O que los castigos físicos estaban a la órden del día, una simple falta de atención en clase, te valía la expulsión de la misma, e ibas a parar al pasillo. Alli "pastoreaban" los temidos "vigilantes" mocetones cuya única mísión era "forrarte" a bofetadas, y devolverte morado a clase. Cuando volvías, tus compañeros, solidarios ante el castigo te preguntaban con curiosidad estadística ¿cuantos pasillos? , ya que el método invariable, era que ante los cachetes, reculabas, y asi recorrías una, dos, hasta tres veces los largos corredores.

La comida, era un rancho de lo mas variopinto, baste con saber que un buen día, una de las cocineras se cortó un dedo limpiando verdura. "Lógicamente", el dedo apareció en el plato de una de las mesas que lindaba con la mía, para formar parte del álbum felliniano que guardo de aquella época.

Al finalizar de comer, nos enviaban a un inmenso patio, para que tuviéramos lo que eufemísticamente se llamaba el "recreo".

Al terminar este breve período de tiempo, nos hacían formar en largas filas, agrupados por cursos, para subir ordenadamente las escaleras que nos conducían a las clases. El internado estaba situado en Santiago de Compostela. Aclaro, para el que lo conozca, sobran comentarios sobre el clima, para el que nó, diré que aparte de una humedad constante en el invierno, se acompaña de un frio atroz en esa estación, y de un calor sofocante en el verano.

Mi recuerdo viene precisamente de que en el verano, golondrinas y vencejos competían en luchas aéreas, lanzando sus gozosos trinos, mientras nosotros, animales terrestres, nos cocíamos al duro sol, en aquellas aburridas formaciones, mientras el asfalto se derretía debajo de nuestros zapatos.

Por eso, cuando aún hoy escucho un trino de una golondrina, sufro un involuntario estremecimiento, que me retrotrae mentalmente a aquellos dias de soledad, de abandono por parte de mi familia, períodos de hasta seis meses sin ver a mis padres, sintiéndote olvidado, maltratado es aras de eso que llaman "aprender".

El chillido de las golondrinas

Hablábamos en otro post de los recuerdos que desencadena un olor, hoy os hablaré de lo que me remueve la mente algún sonido.
Antes tengo que aclarar que pertenezco a la denostada clase de los hijos únicos. Y digo denostada y me quedo corto, por que te dicen "hijo único" y automáticamente tienes que ser consentido, estúpido, creído y algo me quedará en el tintero.

La triste realidad es que normalmente, el hijo único lleva la penosa carga de ser el "representante del orgullo familiar" y , como en mi caso, al no poder tener mas hijos mi madre, me era vedada cualquier actividad juzgada como "peligrosa".
Todo ello me acarreó que para "hacerme un hombre" según la expresión acuñada, me enviaron seis años y dos veranos al internado mas duro de España. Todo empezó con que un primo mío, que no marchaba bien en los estudios, lo mandaron a ese internado, y como el pobre hombre quedó aterrorizado, estudiaba como Einstein, sacando el curso con nota.
En definitiva, que para no hacerme el típico hijo único, mis queridos padres no tuvieron mejor idea de enviarme a aquel manicomio.

Los Reyes Magos

Cuando era pequeño, me fascinaban los Reyes Magos, no sólo por la historia preciosa de unos magos caldeos que, prevenidos por las señales en el cielo, van a conocer a un rey recién nacido, si no por la maravillosa ilusión que despierta acá en España, en la mente de los niños. Y, como siempre me há gustado disfrazarme, me decidí a ser "Rey Mago".
Al principio iba yo solo, por la calle, vestido con traje de alquiler, repartiendo caramelos, la primera noche con un poco de verguenza, pero a medida de que pasaban los minutos mas y mas envalentonado, "vistiendo el cargo", haciendo que la magia de esa noche operase en mi y ya no fuese un simple mortal, si nó verdaderamente, "Gaspar", con mi barba pelirroja natural de aquellos pocos años.
El tema fue creciendo año tras año, arrastré a amigos que compartían mi cariño por la fiesta, en un principio, además de ir por la calle, íbamos a casas de amigos. Para rematar la fiesta, acabábamos en un restaurante, cenando vestidos de Reyes, y asombrando a los conocidos, llamándolos por sus nombres de pila, dejándolos haciendo cábalas de quiénes seríamos.

Ibamos vestidos como Celia Gámez, corona ó turbante, maquillados, con pelucas de pelo natural, enjoyados como maharajás de Kampurtala, con telas preciosas. Embobábamos a los niños, que con su candor, nos emocionaban hasta que se nos saltaban las lágrimas.

Las madres nos querían, los padres nos respetaban, las abuelas nos "idolatraban", y hemos hablado en nombre de mamás que estaban en los cielos y aconsejaban a través nuestra a sus hijos queridos, como de papás delincuentes que estaban en la cárcel.

Fué una época querida, llena de anécdotas, con interminables horas hablando con niños que se nos hacían hasta pis en el "colo" de la emoción, con padres que nos reclamaban a todas horas, primero para sus casas, luego para su comunidad de vecinos, al final para colegios enteros.

Me queda la sonrisa agradecida del cariño, la ternura, la ilusión de unos niños, de mirada inocente, que me pagaron sobradamente las molestias de un maquillaje y un disfraz incómodo.
Animo desde aqui a que nó se pierda esta fiesta de la ilusión, la mirada atónita, la imaginación de un niño tiene que ser alimentada, es lo mejor de este mundo.