En aquel "infierno dantesco", donde todo el que entraba perdía la esperanza de que lo trataran como un ser humano, donde nos hacían firmar un documento que era como la negación de los derechos de la persona, donde ya no eras "pepito o fulanito" si nó un simple número, formabas parte de un rebaño de chavales, que en su inmensa mayoria habían cometido el delito de no ser buenos estudiantes, ó de ser hijos de emigrantes, cuyos padres habían recurrido al internado como mejor solución de alojamiento para su prole.
El internado, curiosamente, era carísimo para aquella época, un verdadero esfuerzo económico para la familia de uno. Como notas curiosas, contaré que nos dejaban u obligaban, ya no sé lo que es peor, a ducharnos una vez a la semana. O que los castigos físicos estaban a la órden del día, una simple falta de atención en clase, te valía la expulsión de la misma, e ibas a parar al pasillo. Alli "pastoreaban" los temidos "vigilantes" mocetones cuya única mísión era "forrarte" a bofetadas, y devolverte morado a clase. Cuando volvías, tus compañeros, solidarios ante el castigo te preguntaban con curiosidad estadística ¿cuantos pasillos? , ya que el método invariable, era que ante los cachetes, reculabas, y asi recorrías una, dos, hasta tres veces los largos corredores.
La comida, era un rancho de lo mas variopinto, baste con saber que un buen día, una de las cocineras se cortó un dedo limpiando verdura. "Lógicamente", el dedo apareció en el plato de una de las mesas que lindaba con la mía, para formar parte del álbum felliniano que guardo de aquella época.
Al finalizar de comer, nos enviaban a un inmenso patio, para que tuviéramos lo que eufemísticamente se llamaba el "recreo".
Al terminar este breve período de tiempo, nos hacían formar en largas filas, agrupados por cursos, para subir ordenadamente las escaleras que nos conducían a las clases. El internado estaba situado en Santiago de Compostela. Aclaro, para el que lo conozca, sobran comentarios sobre el clima, para el que nó, diré que aparte de una humedad constante en el invierno, se acompaña de un frio atroz en esa estación, y de un calor sofocante en el verano.
Mi recuerdo viene precisamente de que en el verano, golondrinas y vencejos competían en luchas aéreas, lanzando sus gozosos trinos, mientras nosotros, animales terrestres, nos cocíamos al duro sol, en aquellas aburridas formaciones, mientras el asfalto se derretía debajo de nuestros zapatos.
Por eso, cuando aún hoy escucho un trino de una golondrina, sufro un involuntario estremecimiento, que me retrotrae mentalmente a aquellos dias de soledad, de abandono por parte de mi familia, períodos de hasta seis meses sin ver a mis padres, sintiéndote olvidado, maltratado es aras de eso que llaman "aprender".
El chillido de las golondrinas II
En el Altillo Colegio, Franquismo, Internado, Julio
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2 Memoriosos:
Julio, Me trasladaste a una excelente película sueca cuyo nombre no recuerdo. Ahora veo que esa película para nada dista de la realidad de muchas infancias europeas.
Que gusto leer a los monjes.
Gracias Caro:
Cuando monje pueda, volverá a escribir.
Un beso.
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