Al campo de un vasco, Urrutia, me mandaban a una colonia de vacaciones. Siete años fui a esa colonia, odiando levantarme a las 6 de la mañana, y odiando ir. El mismo día que cumplía yo nueve años, me comenzaba el campamento de la segunda quincena de enero. Creo que aprendí a detestar los campamentos desde aquella época de obligaciones.
Me envió un profesor bedel a buscar en alguna parte del campo, la bomba de agua para lavar los platos del almuerzo. Pregunté a quienes iba encontrando al paso datos de orientación hacia la bomba. Unos me decían: "está hacia allá" y otros me decían "no, para allá no, sino para allá".
El padre del dueño del campo, un vejete malhumorado con rostro de odiar a los niños, me hizo señas de que cruzara un maizal, que allí estaría la fuente de agua. Miré el listón verde oscuro del maizal, y creyéndolo una simple franja de matas, le fui "pa'encima".
En esa época, cualquier maizal era más alto que yo. Al cruzar unos cuantos metros, me quedé sin horizonte y sin punto de fuga, y me perdí.
Caminé kilómetros de maizal, crucé unas calles de tierra, me metí en otro maizal, volví a cruzar calles de tierra, y volví a meterme en otro maizal.
Para abajo había chala verde y para arriba cielo azul.
Llegué a conocer un maizal detrás de otro y adquirí destreza en traspasar alambrados. Y cuando me cansé, me senté en el hueco de un surco a esperar el rescate. Pasada la siesta entera, sin más novedad que una plantación de maíz, empecé a saltar bien alto, con los brazos arriba, para que alguien me viera, desde algún lugar, si acaso. Nada. Si avanzaba, había maíz; si retrocedía, también.
Me quedé pensativa y angustiada (ya hacía mucho tiempo que no recordaba llorar) y entre juramento e imprecaciones, mandé al infierno las colonias de vacaciones, los campamentos y las tareas de supervivencia.
Me encontraron casi anocheciendo, porque dos profesores habían salido a buscar la bomba de agua, y no a mí. Fue mucho tiempo después que yo había arrojado los platos sucios, como el discóbolo, hacia el cielo por rabia.
No estaba rabiosa por desencontrar la bomba -que ya no me importaba- sino enojada con la gente y con sus manías de teatralizar las supervivencias que jamás iba a tener.
Pensaba que estaban todos reunidos alrededor del fogón, cenando y cantando, y les tuve un sentimiento de antipatía muy fuerte.
Caminando de regreso a la carpa, de la mano de los profesores, quise que algun ángel me secuestrara, sin llevarme a casa, sino a un lugar donde la gente fuese normal, comiendo sobre una mesa si tenía una mesa, y durmiendo sobre una cama, si tenía una cama. ¡Aborrecí los teatros de operaciones!
No pude dormir aquella vez, y medité en los caminos y en los atajos. Me preví a mí misma con el germen de desorientación, el mismo que hoy ya ha dejado de germinar y me cobija con la sombra de su árbol crecido y añoso. Pensé también en la insalubre desidia de los mayores, en el desinterés del prójimo, en el desamor de los inconscientes, y por supuesto, pensé también en la más descarnada soledad.
Me prometí desde aquella vez no pisar un campamento ni obedecer a mi familia en cuanto me enviara a ninguna colonia de vacaciones. Promesa que descumplí durante tres años más, quizás por esa obediencia que trae uno en el frasco de nacimiento. Hasta que por fin la puerta abierta de los cuestionamientos y de las rebeliones me quitó de encima la losa del "sí, sí, ya voy". Y abrí otros libros y otras ventanas, y fui a otros campos con otros cielos.
La pampa de maíz
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2 Memoriosos:
Ninguna lección de sobrevivencia mejor, que los "otros campos y otros cielos" elegidos en libertad de losas y expectativas ajenas. Bendita la rebeldía y las puertas de cuestionamientos que nos traen los dolores adolescentes (y otros dolores!!).
Besos
Besos!! Bendigo lo mismo que tú bendices, y me alegro con la coincidencia!
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